jueves, 6 de septiembre de 2012

LOS MALES DE LA DEMOCRACIA
por Benjamín Andino
Las ideologías, como las religiones, dividen a los hombres en dos bandos, el de los ortodoxos y el de los herejes. La pertenencia o no a un determinado partido político, como sucede con las religiones, hace que las personas sean juzgadas erróneamente por los demás siendo clasificadas muy generalizadamente a partir de su identificación política, algo que no se corresponde con la verdad ya que en un mismo partido que profesa supuestamente una ideología definida, pueden existir una enorme variedad de criterios, tantos como personas dicen seguirlo. Y más allá de esa generalización, está la verdadera actitud de sus líderes, que, una vez llegados al poder, comienzan a apartarse de su ideología y de las promesas hechas durante la campaña electoral. Después de todo esto, al ciudadano de a pie le queda la sensación de estar viviendo una gran farsa, por demás irremediable, ya que “así funciona el sistema y no hay otro mejor”.
Está claro que algo anda mal con la democracia moderna, y que sí debe de haber otro sistema mejor y, por tanto, todo esto deberíamos superarlo en algún momento. Hay que crear nuevas formas de participación democrática que se basen en el objetivo primordial de un estado que es encontrar soluciones inmediatas y a largo plazo a los problemas de sus ciudadanos. Y, si el problema de insatisfacción general en la población emana del pobre papel que hoy día ejercen los partidos políticos en sus funciones ejecutivas, entonces, el papel de estos en el Poder Ejecutivo de una nación democrática ya no tiene validez.
El modelo presidencialista latinoamericano, por ejemplo, es copiado de la Norteamérica calvinista, un sistema religioso cuya eclesiología, basada en el consenso de los presbíteros, difiere bastante de la nuestra, católica, donde predomina el concepto de autoridad infalible del Papa como cabeza de la Jerarquía Episcopal. El presidencialismo norteamericano se basa en el reconocimiento implícito de que ningún partido político es dueño de la verdad absoluta, que los líderes son electos no tanto por su ideología partidista sino por su programa administrativo para la nación en las circunstancias presentes en el momento de la elección. La existencia de partidos que compiten (no que combaten) por el poder, es solo un esquema necesario para canalizar las ideas y mantener bajo control las fuerzas sociales que de otra forma podrían desatarse y conducir al país a la anarquía; el partidismo no es la esencia de la democracia. Es por eso que ocurre la alternancia política, debido a que las circunstancias socioeconómicas pueden cambiar de un período electoral a otro, y no porque la mayoría electoral haya preferido cambiar de ideología —hoy son de derechas y mañana prefieren ser de izquierdas—. A la gente no le interesan las ideologías, sino la buena administración que vele por sus intereses. O sea, que tan efectiva puede ser una administración conservadora como una liberal, siempre y cuando el pueblo se sienta satisfecho del servicio que presta. De aquí se deriva que en última instancia los partidos políticos deberían solamente desempeñar su función orientadora en el poder legislativo, donde sí son importantes las discusiones ideológicas, pero el poder ejecutivo debería ser asumido por personas motivadas por su profesión y vocación de servicio, no por su ideología: la llamada "meritocracia". ¿No es así como funciona el llamado Poder Judicial? ¿Es que todos tenemos derechos a ser jueces y fiscales de la nación, o son solo aquellos que se han preparado para esta función?
Aunque parezca democrático, no todos deberíamos tener el derecho a ser presidentes. ¿Por qué un militar, que solo se ha preparado para la defensa y la guerra, y cuyo método de mando es jerárquico debería tener derecho a ser electo presidente de un país? ¿Y, por qué debería tener ese derecho un sindicalista, especializado en la defensa de los intereses de los trabajadores, y por tanto inclinado a no tomar en cuenta los intereses de los empresarios, que aunque son minoría, económicamente representan un estamento fundamental de cualquier nación? ¿Cómo podrían estos gobernar si no estudiaron diplomacia, economía y administración? En la mayoría de los casos sus voluntades son impulsadas por motivos ideológicos personales, que a veces incluyen odio y rencor, sean estos justificados o no. Tienen una utopía que pretenden hacer realidad y se aprovechan de todo el poder que el sistema presidencialista les da para defender sus intereses y el de sus correligionarios y no el de su pueblo, que es, por ley, el verdadero soberano de la nación.
Pero un presidente lo es de todo el pueblo y no solamente de sus partidarios. En nuestros países, en cambio, predomina el clientelismo y, si no eres partidario del gobierno, o amigo de algún “gobiernista” no puedes obtener ningún beneficio de las gobernaciones regionales ni municipales. Cada líder regional tiene su "grupito". La política sigue siendo "politiquería" —hoy puedes estar arriba, así que aprovecha y benefíciate lo más que puedas porque mañana estarás abajo—. Con estas divisiones artificiales, lamentablemente, un país no puede progresar. Por eso creo que en el futuro, la función de los partidos políticos debería limitarse solamente a compartir ideas en el parlamento, donde todas las fuerzas ideológicas, sean partidos, instituciones religiosas, gremiales o culturales, ONGs, etc., encuentren a través del diálogo, el “qué” hemos de hacer con el país, pero que dejen el “como” a la gente que en verdad se ha preparado para ello. Los que aman la política como una profesión, no tienen nada que temer, al contrario, la clase política nunca desaparecerá porque siempre habrá estados que administrar. Lo que deberá desaparecer es esa atadura ideológica, para que los políticos del futuro puedan dar más a la nación que si se mantienen sometidos a conceptos decimonónicos que poco empatizan con el pensamiento social del siglo XXI. Mientras esto no se cumpla, seguiremos viendo a los políticos manipulando con promesas al pueblo en campañas espectaculares, mientras se preparan para tomar el poder y hacer en realidad mucho menos de lo que prometieron, limitados como están por sus fidelidades partidistas. Solo cuando comprendamos que dirigir una país no tiene que ver con ideologías dogmáticas sino con métodos pragmáticos, y así liberar a los partidos políticos de esa función, lograremos evitar que nuestras sociedades sigan dividiéndose entre ortodoxos y herejes irreconciliables.

No hay comentarios:

Publicar un comentario